miércoles, febrero 08, 2012

El día malo

Se dice que en la vida de toda persona existen días buenos y días malos; que es necesario aprovechar al máximo los primeros, pues no se podrá escapar a los segundos.
Al leer el Salmo 27 comprendemos que su autor (David) veía venir el "día malo", pero podía expresar su confianza en Dios, la verdadera fortaleza de su vida. Su fe encontraba en Dios un refugio simbolizado por un lugar de abrigo: la tienda o la roca. Por lo tanto no temía al pensar en el día de la prueba.
En su carta a los Efesios (6:13-18) el apóstol Pablo también evoca el "día malo", cuando el poder de Satanás se siente más. De ahí la necesidad de estar preparados para una confrontación: por una parte debemos estar "firmes" ante sus ardides, y por la otra "resistir" a su poder y al de sus huestes. Para ello es necesario estar revestidos de "toda la armadura de Dios", imagen de los recursos que Dios pone a disposición de los suyos para un combate de tal magnitud. De esos recursos, aprovechemos especialmente la lectura de la Biblia, la Palabra de Dios, la cual alimenta nuestra alma y nos purifica, así como la oración bajo sus diversas formas (peticiones, suplicaciones, confesión), que nos mantiene en contacto permanente con Dios.
El secreto de la fuerza del creyente es que Dios está a su disposición y que en todo tiempo puede ponerse en contacto con Él. Entonces halla el socorro en el momento oportuno.

                                                                                           
El Señor es la fortaleza de mi vida; ¿de quién he de atemorizarme?… Me esconderá en su tienda en el día del mal; me ocultará en lo reservado de su morada; sobre una roca me pondrá en alto. Salmo 27:1-5


miércoles, enero 18, 2012

Cuando se sufre

Fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar.
1 Cor. 10:13

Mas (Dios) conoce mi camino; me probará, y saldré como oro.
Job 23:10


Cuando se sufre…
Después de un duelo especialmente doloroso, una pregunta punzante dominaba mis pensamientos: ¿Por qué me ocurre esto a mí? ¿Quiere Dios castigarme? Un amigo creyente me dio la clave que me liberó de mi angustia y de mis preguntas, diciéndome:
–Hace cerca de dos mil años, Jesucristo crucificado exclamó: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" (Marcos 15:34). Así Jesucristo cargó con el castigo que merecían mis pecados. Fue desamparado para que yo no lo fuera nunca. Dios castigó a su Hijo en mi lugar. Por eso Él me perdona y me da la vida eterna. ¿Cómo podría dudar de su amor?
Mi amigo también me enseñó a no decir: «¿Por qué?», sino «¿Para qué?», para preguntar a Dios cuál es su meta al permitir este sufrimiento. "He aquí te he purificado, y no como a plata; te he escogido en horno de aflicción" (Isaías 48:10), Dios es como un orfebre, quien funde el oro en el crisol, ajustando la temperatura hasta que toda impureza sea quitada. Él espera pacientemente hasta que el metal tenga una superficie tan lisa que pueda reflejar su rostro en ella. Sólo entonces el artesano puede labrar el oro puro para hacer una joya.
Este es el «para qué» de esa prueba dolorosa que Dios permitió, después de haberme dado la vida eterna; ese trabajo era necesario para darme una forma que fuera para la honra de mi Salvador y Señor.